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13/1/13

DON JUAN EN ALCALÁ 2012





ESPECIAL ALCALÁ DE HENARES. El comienzo.






AUTOR: José Zorrilla
DIRECCIÓN: Jorge Muñoz
VERSIÓN: Emilio del Valle y Jorge Muñoz
DIRECCIÓN DE VERSO: Karmele Aranburu
AYUDANTE DE DIRECCIÓN: Emilio del Valle
COREOGRAFÍA: Teresa Nieto
ILUMINACIÓN: David Linde
VESTUARIO: Mª José Barta
MAESTRO DE ARMAS: Ángel Mauri
REPARTO: Cristóbal Suárez, Sara Rivero, Raúl Prieto, Chema de Miguel, Carolina Solas, Jorge Basanta, Antonio Ponce, Juan Orellana, Martín Puñal, Carlos Gomariz, María Mesas, María Ortega, Jacinto Motes de Oca, Estíbaliz Barroso, Laura Barta, Gabriel García, Álvaro Carvajal, Antonio Martín-Peñasco, Juan Pedro Verdejo
DATOS DE LA FUNCIÓN: Huerta del Palacio Arzobispal (Alcalá de Henares), 2 de noviembre de 2012.





Don Juan Tenorio nos dice que el amor es fruto de un flechazo, intenso, breve en el tiempo y doloroso. Ella, Doña Inés, cae en amor por una carta y ellos, Don Juan y Doña Inés,  apenas pasan tiempo juntos. Pero se enamoran. O al menos andaban en ello cuando el asunto se complica y Don Juan desaparece del mapa y  nos imaginamos que ella queda desolada, descompuesta y huérfana, sin comprender qué ha pasado, cómo puede ser tan canalla cuando a ella le pareció tan gallardo, tan enamorado y tan buen chico. Y la moza muere de tristeza. Pero Don Juan –como la mayoría– vuelve y se encuentra de narices con su conciencia en forma de estatua que habla. Y también muere. Pero, claro, estamos en el  Romanticismo, no en el Barroco –lástima de infierno…–, así que del más allá regresa la tonta de Inés –que sigue colada hasta las trancas de semejante canalla – y se lo lleva al cielo entre angelitos. Menudo dramoncio. Dramoncio que ustedes ya conocían, pero es que a mí me apetecía re-contarlo porque esto es un “especial” y en los especiales nos gusta salirnos del guion.
La subida de nivel de azúcar que me produce leer el texto de Zorrilla solo es comparable a la magia que me envuelve cuando se pone en escena: esa gozada de escena de la taberna,  los envites que se traen Don Juan y Don Luis, el encanto ñoño del “Doña Inés del alma mía”, la respiración contenida del público justo antes de la escena del “¿no es verdad, ángel de amor?”, la estatua poniendo a Don Juan en su sitio…
Don Juan Tenorio es, por lo tanto, una fiesta teatral. Y además es una fiesta que deberíamos celebrar –como el sexo– más y, sobre todo, mejor. En Alcalá de Henares parece que así lo han entendido y cada año se monta un Don Juan en Alcalá, con director y elenco diferente, en un descampado en el que caben miles de personas, y ya van por la vigésimo octava edición. Con la mala suerte de que no pillamos la edición buena porque el encanto de ver  Don Juan Tenorio con miles de personas a la fresca de noviembre fue más una tortura que una fiesta o un placer. Comenzando por la disposición escénica que no ayudaba para nada la acción y no facilitaba a los miles de espectadores que por allí andábamos; continuando por un texto capado en alguno de sus mejores parlamentos para estirar riñas de espadas y dar coba a las coreografías; y finalizando por la peregrina idea del flamenquismo en el Don Juan Tenorio  –por mucho que la acción transcurra en  Sevilla sigo sin ver nada de flamenquismo en esa obra–  y que se personificó en una bailarina de flamenco a la cual habían ataviado con un vestido rojo de danza contemporánea entre actores de siglo XVII y a la que, pobre de ella, le habían encomendado la misión de tapar con su baile literalmente los momentos más representativos: taberna, carta, ángel de amor y muerte de don Luis.
Menudo despropósito. Don Luis parecía Don Juan y Don Juan parecía el Christián de Edmond Rostand y Doña Inés no estaba nada segura con el texto. Nada de matices, todo prisas y ausencia total de poesía escénica: ¡con lo mucho que se puede hacer con poco y más en esta obra! Y como no podíamos más y como con la muerte de Don Luis desaparecía una de las motivaciones para ver el montaje, nos fuimos a tomar un caldito y unos pinchos. Y a seguir reviviendo el espíritu de Don Juan por nuestra cuenta (y riesgo).

26/1/12

LA FUNCIÓN POR HACER







HUMANA Y TEATRALMENTE INTENSA (Crónica de un foco que arde).

DIRECTOR: Miguel del Arco
VERSIÓN: Miguel del Arco y Aitor Tejada
DISEÑO DE ILUMINACIÓN: Juanjo Llorens
DISEÑO DE SONIDO: Sandra Vicente
PRODUCCIÓN: Kamikaze Producciones: http://www.kamikaze-producciones.es/
REPARTO: Israel Elejalde, Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto, Cristóbal Suárez.
AFORO: completo
DURACIÓN: 1 h 30 minutos
LUGAR: Teatro Liceo, Salamanca, 21 de enero de 2012, 21:00 h.
Ya era hora de poder hincarles el diente a los kamikazes. He oído hablar tanto de La función por hacer como de la siguiente, Veraneantes, o de los monólogos La violación de Lucrecia y Juicio a una zorra, con La Espert y La Machi dándolo todo sobre el escenario. Y hasta ahora todo han sido elogios. Así que se podrán imaginar ustedes que mis expectativas estaban tan altas como el Mariquelo charro en la víspera de Todos los Santos.
Pongo al respetable en antecedentes: La función por hacer comenzó a representarse en el vestíbulo del Teatro Lara los fines de semana en horario golfo y terminó siendo el grit hit de los últimos premios Max. Es una versión libre de Seis personajes en busca de un autor de Luigi Pirandello y, aunque no es necesaria su lectura previa para comprenderla, si vas con los deberes hechos a la representación, la brillante versión firmada por Miguel del Arco y Aitor Tejada se paladea mucho mejor.
Ahora los visitantes no son seis, sino cuatro. Y no interrumpen un ensayo, sino una representación. Condensación, reinvención y actualización son las acciones que se ejecutan sobre diálogos, reflexiones metateatrales y relaciones entre los personajes visitantes: dos parejas, dos hermanos, un engaño y un bebé. Como en la obra de Pirandello, los visitantes vienen a contar su terrible historia, cada uno de ellos, con su drama personal.
Tanto los cuatro personajes visitantes como los dos personajes actores están francamente bien: intachablemente construidos y con los niveles de energía perfectamente diferenciados. Son personajes con carácter. Todos, los seis, sin excepción, trabajan con los conceptos de naturalidad y verdad. Y, lo que es más importante, logran transmitir todas esas sensaciones y sentimientos al espectador. El hermano mayor y la novia son verbalmente más expresivos. Quieren representar su historia. Ella, Bárbara Lennie, nos deleita con un parlamento palpitante, lleno de pasión y poesía. Él, Israel Elejalde, más comedido y reflexivo, es la voz de la conciencia metateatral. Cristóbal Suárez y Miriam Montilla, los actores, toman fantásticamente la medida a unos personajes más complicados de lo que parece. Él asume positivamente la interrupción, se entusiasma y se lanza a coordinar la acción del drama que se le propone. Ella no lo encaja tan bien y, por ello, se convierte en un fantástico contrapunto irónico.
Sin duda, los personajes más fascinantes para mí son los de Raúl Prieto y Manuela Paso, el hermano menor y la madre. Por lo que callan. Por la violencia y el dolor que, respectivamente, pasean y mascullan entre el público, ellos, los agraviados del ilícito amor de sus parejas. Ambos estallan en un llanto o en una violencia desgarradores, que me ataron al asiento. Quienes los tuvimos a dos pasos en alguna ocasión, los gozamos y nos compadecimos de ellos. Qué manera de rumiar la ira, qué manera de llorar. Soberbios.
Aunque asistí emocionada a la historia, en ningún momento perdí la conciencia de ser una espectadora que contempla un drama. Lo mejor. Es una perfecta mezcla entre distanciamiento y empatía. Sin escenografía, sin apenas atrezzo, valientemente rodeados de espectadores, a base de una sabia dosificación del humor y de una fresquísima réplica que se alternan con una historia magníficamente interpretada que se cuenta pero que al mismo tiempo sucede, junto a un admirable manejo del tempo escénico: el del drama y el de la comedia… todo ello convierte a La función por hacer en un espectáculo electrizante, turbador. Humana y teatralmente intenso.

(Y en plena catarsis: que si te amo, que si lloro, que si te doy, que si soy un personaje y tengo entidad propia, que si los actores estamos para daros vida y tal, en uno de esos momentos álgidos y, por ello, escénicamente más delicados, la función que se hacía tuvo que interrumpirse ante los avisos de varios espectadores de que había fuego: ¡una llama salía de un foco del segundo anfiteatro! (lo sé: ¿un foco?). Claro, en un espectáculo que juega constantemente con estirar las convenciones teatrales hasta el límite, cuando sucede algo así y uno de los actores reacciona con una coña de la obra, te da por pensar que es una ruptura más de ficción. Pero no. Fue real. Y diría que hasta genial: Cristóbal Suárez, por personaje, era el más capacitado para hilar el acto interruptus con la escena pero Israel Elejalde estaba trabado y hubo que aplaudirle. Se concentró y retomó la escena de carrerilla. Quizá se perdió la oportunidad de exhibir sus dotes de improvisación pero nos regalaron una maravillosa y real ruptura teatral. Algunos dudamos, otros sabían con certeza que aquel foco ardía y unos pocos salieron creyendo que todo había sido un efecto de la obra).